
¿Tiene este cielo matices?


¿Tiene este cielo matices?

El sólo hecho de sostener nuestro maltrecho cuerpo en pie ya se convierte en un acto de heroismo. Si añadimos la carga de dolor que arrastramos por la pérdida de todo lo que representaba nuestra vida antes de caer en la calle; sin mas compañia que el alcohol que nos va aniquilando y desquiciando; la lucha permanente por desterrar de nuestra alma el resentimiento y los sentimientos de culpa que nos corroen permanentemente. Intentando apartar de nuestra mente los propósitos mas nefastos que solamente nos acarrearían mas indignidad o la propia muerte; con alguna tregua en hospitales o centros de rehabilitación que unicamente sirven para que podamos seguir manteniendonos en pie y renovar y prolongar nuestra agonía; muchas veces uno llega a convencerse que es un condenado que caminara hacía la muerte bajo el peso de una maldición divina.

Ya hace tiempo que he dejado de compadecerme por las miles de humillaciones que han querido inflingirme y que he ido almacenando en el fondo de mis bodegas de desgracia. Pero jamás llegaré a comprender a esas personas que al solicitarles una limosna nos ignoran absolutamente. Ni una negativa verbal, ni un gesto disuasorio, ni una mirada. Nada.
Para ellos somos más inexistentes que el estiércol; porque al menos al percibir el hedor, les haría aunque fuese por un instante, alterar sus inhumanas facciones. Nos niegan lo único que nos queda, y que es el reconocimiento de nuestra propia existencia. Si a esos seres les cayese al suelo -como el estiércol- sus infames máscaras de rostros humanos, mostrarían en toda su descarnada evidencia su crueldad y la falta absoluta de generosidad.
Esos seres, con su insultante indiferencia, sólo sirven para recordarnos constantemente que muchos de nosotros estamos ya olvidados antes de morir.
Que nuestra suerte no ha sido siempre la mejor ya lo sabemos; pero a pesar de la situación lamentable en la que nos encontramos, no lamentamos las diferentes veces que hemos gastado para los demás lo que ahora nos sería tan necesario. En cambio, esas personas a las que la vida ha favorecido, le muestran ingratitud.
Pero olvidemos y perdonemos a estos seres ingratos, en obsequio de los hombres de bien que se complacen en aliviar y proteger a los afligidos y a los más desamparados.

De los momentos amargos que he pasado estos 15 años en la calle, los peores sin duda han sido escuchar las confesiones de las mujeres indigentes.
Conocí a Teresa en la Plaça de Berenguer el Gran; donde debajo de las arcadas de los laterales de la catedral de Barcelona, yo pasaba algunas noches cuando el frio en los bosques de Collserola se me hacía insoportable.
La historia de Teresa no era muy diferente; pero, era la serenidad ante la vida con una sola finalidad, lo que me fascinaba de ella. Culta y muy inteligente se había casado con un hombre de excelentes cualidades que la amaba apasionadamente. Pero un dia se cruzó en su vida otro hombre; un vividor, que a pesar de su falta de dignidad -o tal vez por eso- la deslumbró. Y aunque se dió cuenta inmediatamente de que aquel hombre era de lo mas vulgar e incompetente en todos los aspectos, al intentar volver con su esposo, éste se mostró inflexible. “Miguel -me dijo una noche- jamás he suplicado, porque no sirve de nada, pero le pedí perdón; y cuando me miró supe que nunca volvería a ver aquella mirada de cariño, que yo llegué a creer que sería eterna. Sentí que yo para el ya no existía. Me rendí”.
Era consciente constantemente de la miseria de su vida.
La habían arrancado de sus dos hijas privándole de sus besos y las caricias maternales. Los remordimientos por haber tenido que abandonar a sus hijas la consumían permanentemente. Y vivir así, tan duramente, habiendo dejado tras de sí tan viva estela de dolor y soportando el peor castigo al que se nos puede condenar a los indigentes, que es la lucidez; pocas mujeres -por su condición de madres- pueden lograrlo.
Quería, necesitaba angustiosamente recuperar a sus hijas. Odiaba al alcohol, pero -como todos- al intentar dejarlo había fracasado miles de veces. Creía, que era tan desesperado su deseo de volver a besar y abrazar a sus hijas, que por esta razón, tendría fuerzas suficientes para dejar el alcohol.
Ya recostados en nuestros respectivos cartones, a esa hora de la noche en que el tráfico ya va disminuyendo y los escasos y furtivos transeúntes son la última presencia humana, antes de dormirse, con sus ojos secos de lágrimas como estanques helados, me juró mil veces que a la mañana siguiente iba definitivamente a dejar de beber para recuperar el amor de sus hijas.
¿Iba yo a decirle -que lo había intentado mil veces- que jamás los sentimientos someterán al alcohol, ya que éste es el absoluto dueño y señor de transformarnos los sentimientos?
Si eso, ella hacía años que ya lo sabía.
Yo, hacía horas que estaba despierto y la contemplaba dormir. En su rostro desollado tenía la expresión de las personas que sufren hasta cuando están dormidas. Se había quedado dormida repitiendo como una letanía: “Por mis hijas mañana dejo de beber…por mis hijas mañana dejo de beber…”
Pero a la mañana siguiente, cuando la despertó el sonido de las campanas de la catedral lo primero que vieron sus ojos fué la botella de vino. Y quise creer que con el leve movimiento de sus hombros y una rígida sonrisa que asemejaba una cicatriz, se disculpaba y al mismo tiempo me suplicaba comprensión.
Porque ella sabía, que en sus ojos, yo veía pasar evidentes como alaridos, las imagenes de su tragedia: Que ella era consciente de que desde que se rompió su vida habían transcurrido veinte años.

Harto ya de ser un guiñapo sospechoso en el escaparate de los cajeros, expuesto todas las noches a la maldad de los insensatos, soportando las amenazas y las burlas crueles de los muchachos que los fines de semana entraban a sacar dinero o bien a hacerse rayas de cocaína; tener que suplicar con una mirada implorante -nunca exagerada o fingida sino fruto de mi desesperación- para conseguir unas monedas para comprar el vino que sin ningún tipo de escapatoria posible me urgia permanentemente; expulsado, con mayor o menor consideración, por los guardias de seguridad del banco, bien fuese por la noche o a cualquier hora de la madrugada, diluviase o hiciese un frio de mil demonios, y tener que empezar a deambular en soledad con pasos vacilantes por las calles en busca de cualquier refugio incierto hasta el amanacer. Entonces, me oprimía la sensación de hallarme en un campo de combate perpetuo. Esas noches me invadía un sentimiento de rabia y desaliento por los años desperdiciados y la falta de severidad conmigo mismo; me autoflagelaba con el látigo de los recuerdos felices y al mismo tiempo maldiciendo cómo mi estúpida soberbia y el exceso de confianza en mi mismo me habían destrozado la vida.
Una noche, unos muchachos visiblemente enloquecidos -por todo lo que se habrían metido en el cuerpo- empezaron a golpear violentamente los cristales del cajero. Atemorizado por su actitud violenta y escandalosa me negué a abrirles el cerrojo. Entonces empezaron a golpear la puerta del banco con botellas y patadas gritando furiosamente y haciéndome gestos amenazantes. Al ver que uno de ellos empezaba a golpear los cristales con la cabeza ya no tuve ninguna duda del estado de descontrol en que se encontraban. En segundos tuve que decidir qué haría si de alguna forma conseguían romper los cristales y entrar. Yo llevaba en la bolsa dos cuchillos; pero una cosa es la hipotética seguridad que te da el llevarlos y otra – ésta gravísima, y que puede ya definitivamente arruinar tu vida- es utilizarlos. Decidí ignorarles. Me dí la vuelta sobre los cartones y fingí que seguía durmiendo. Al cabo de una media hora, viendo la imposibilidad de romper los cristales se marcharon amenazando que volverían para entrar fuese como fuese. Noté que mi garganta palpitaba y que toda mi red nerviosa estaba a punto de traspasar los límites de lo soportable. Esperé unos minutos y no pudiendo soportar ya más la tensión que estaba a punto de aniquilarme, abrí la puerta y salí del banco con paso rápido. Vi que no me esperaban y me perdí el resto de la noche por las calles sollozando de rabia e impotencia, maldiciéndome por no ser capaz de dejar el maldito alcohol que me tenía prisionero en esa cárcel infinita que es la calle.
Estos y los casi cotidianos sobresaltos me hicieron decidirme a irme en tren cada noche detrás de la montaña del Tibidabo, por el parque de Collserola, y buscarme un refugio donde pasar la noche.
Pero de todas formas seguía sin ver ninguna salida para todos esos años de mi vida en tinieblas, dolor y miseria, atrapado en la red siniestra del alcohol, y convertido en un desahuciado, mendigando y esperando la muerte.
Pero, en mi refugio de la montaña, al atardecer, cuando empezaba a atenuarse el canto de los pájaros, y lentamente, un silencio hostil y amedrentador se iba apoderando del bosque; ese instante era la señal que venía a recordarme que ya llegaba otra noche.

Y así, los que no tenemos capacidad de adaptarnos y sabedores, porque así lo sentimos, de que jamás lo lograremos, caminamos lentamente a ratos indiferentes, otras veces súbitamente jubilososo e iluminados, hacia la muerte de los últimos lazos de calor humano.
Desertores de los otros -a veces huyendo dolorosamente de amores o situaciones imposibles- acarreamos los ecos de sus reproches para esparcirlos junto a las cenizas de lo que fué nuestra última propia parodia.
Para continuar nuestro camino brillando como fuegos fatuos errantes sin tumba, negándonos desesperadamente a aceptar la mas terrible de todas las claudicaciones: La resignación
Con 16 años me presenté en la editorial Bruguera buscando trabajo de dibujante de historietas. Me recibió Victor Mora. Un hombre de una simpatía y cordialidad absolutas. Despues de mirar detenidamente mis dibujos y haciéndome alguna observación de vez en cuando, me dijo sonriendo que aún estaba algo “verde” para publicar, pero que si yo lo deseaba podía empezar de aprendiz en la editorial. La alegría que yo sentí en ese momento es la mas grande de las que me ha dado esta profesión.
Al terminar mi jornada laboral en el almacén, que consistía en ordenar originales, fotolitos, pruebas de grabador, llevar paquetes a certificar a correos, etc., pasaba al estudio de los dibujantes, y allí empezé a aprender la profesión de historietista, que es como la llamabamos entonces. Pasaron por mis manos los originales y las planchas del Capitán Trueno, el Jabato, etc.
Yo naturalmente, entonces no podia ni siquiera imaginar lo que significaría el Capitán Trueno para la historia del cómic español. Pero si puedo decir que a pesar de mi inexperiencia e ignorancia, ya noté la gran fuerza que tenían las pinceladas de Ambrós.
A Ambrós no tuve el honor de conocerlo personalmente. Pero (sin menoscabo de los dibujantes que continuaron realizando el Capitán Trueno) puedo ahora decir, como profesional que soy, que las viñetas de Ambrós, están bien compuestas, bien dibujadas, con ritmo. Es decir: estaban vivas. Y en esa parte era donde se notaba la labor de Victor Mora. Todos los personajes, desde los protagonistas hasta los patéticos villanos, nos resultan familiares. Son auténticos. Y, lo que para mi ahora que estoy haciendo trabajo de autor valoro más, es que en cada viñeta – no ya en cada secuencia- ocurre algo, y además anuncia o apunta algo que va a suceder inmediatamente, no dando tregua al lector para escaparse ni un instante de la historia. Y así, convertirnos en protagonistas espectantes. E incluso con los villanos Victor Mora se muestra indulgente, no los juzga, no los machaca: les concede que sean ellos mismos quienes se busquen su propia ruina.
No he intentado hacer un análisis ni un estudio en profundidad sobre el Capitán trueno. He estado 15 años alejado de todo. Pero me consta que especialistas en opinión, ya lo han hecho. Yo no digo lo que veo en el Capitán Trueno: yo digo lo que siento con él. Y para finalizar repetir que lamento profundamente no haber conocido a Ambrós y enviar un fuerte abrazo a Victor y un beso a su compañera Armonía Rodríguez.
Se les oye y también se les teme mucho tiempo antes de que se cruzen en nuestro camino.
Están en el último peldaño que conduce a la terrible locura definitiva de donde ya jamás se regresa.
Este hombre es el último eslabón de la cadena de la indigencia. Sus ojos vidriosos, rabiosos y alucinados causan pavor. Sus gritos amenazadores nos amedrentan haciéndonos temer una agresión física. Sus soeces insultos, las amenazas y las blasfemias que arrojan son el heraldo de su derrota definitiva.
Seres hundidos en la miseria y en la degradación, cuyas almas perdidas van pregonando el suicidio espiritual al que se han sometido.
¿Llegaré yo a ese dia? El dia de la embriaguez permanente, donde el terrible alcoholismo ya no es suficiente y se necesita hundirse en la borrachera perpetua y desgarradora para de una maldita vez, intentar conseguir cicatrizar las llagas de las heridas que, quizás hemos sido nosotros los mismos que las hemos abierto.