Mientras me dirijo a mi madriguera de la montaña de Montjüic, algunas madrugadas me invade un sentimiento de ternura infinita por aquel chico de 17 años que fui. Es cuando, casi al amanecer, atravieso el solitario paral.lel al regresar de la villa olímpica después de haber intentado vender acuarelas de toros o de flamencas a los turistas que disfrutan de la noche de Barcelona en el casino, las discotecas o los lujosos restaurantes rozando al mar.
Recuerdo aquellos años, cuando yo y algunos amigos del barrio remoloneábamos alrededor del teatro Apolo, el Molino, Ambos Mundos, el Arnau y salas de espectáculos similares, esperando ser contratados como ‘claca’ para algún teatro, y así poder entrar gratuitamente.
Éramos poco mas que chiquillos los que, muy ufanos, siguiendo al hombre que nos había contratado, pasábamos al interior del local ante la absoluta indiferencia del portero que ignoraba olímpicamente nuestra escandalosa minoría de edad. Aplaudíamos y reíamos cuando se nos mandaba. Insultábamos al solitario artista cuando irrumpía en el escenario, para provocarle las primeras intervenciones, aspavientos y respuestas, casi siempre las mismas, ingeniosas, casi idénticas, pero bordadas de una forma magistral.
Era entonces cuando el artista comenzaba un cruce dialéctico con el publico plagado de obscenidades por ambas partes, provocaciones, burlas, proposiciones eróticas inverosímiles, … genialidad tras genialidad del artista.
Era entonces, cuando nosotros, pobres mocosos de barrio, ya no teníamos que decir y podíamos disfrutar gozosamente del espectáculo.
Hoy subiendo a la montaña de Montjüic me he sentado en el escalón donde hace ya muchos años me senté con Lali. Una chica de veintitantos años que trabajaba de corista en el teatro Apolo, donde para para mi, ella era la reina del escenario. Nos habíamos empezado a encariñar, pero era un romance imposible. Un atardecer cuando al regresar de un paseo por el parque de Montjüic, mientras yo la acompañaba a su trabajo en el teatro nos sentamos a fumar un cigarrillo en este mismo escalón. A pesar de que sin el maquillaje para actuar parecía una jovencita, en un instante, algo en su expresión la convirtió en una mujer muy adulta:
-“Miguel, este momento que vives ahora, y que a tu edad es muy bonito, acabará, porque yo tengo otro mundo y te quiero decir que tú, lo vas a pasar muy mal, no por mi, sino por la vida.”
-“¿Por que me dices eso?” le pregunté sorprendido con toda la simpleza de mis 17 años
-“Porque tu siempre dices que si, Miguel”.
-“Pero siempre hago lo que me sale de los cojones” pensé para mi.
Leyéndome el pensamiento ella sentenció:
-“Dices siempre que si, porque tu soberbia te hace ser muy confiado. Lo vas a pasar mal, Miguel, lo vas a pasar muy mal. Acuérdate de lo que te digo”.
¿Veían mi futuro sus ojos rodeados de la sombra profunda del atardecer?
Ahora ya que mas da. Porque aunque cumplida su profecía, me siento agradecido y confortado flotando entre las cenizas de los recuerdos de mis tesoros juveniles.
Tesoros que siempre conservaré en el fondo de mi alma; lugar donde, jamás al olvido le será permitida la entrada.
Miguel, 5:40 a.m.














