El Paral.lel

•Enero 28, 2010 • 4 comentarios

Mientras me dirijo a mi madriguera de la montaña de Montjüic, algunas madrugadas me invade un sentimiento de ternura infinita por aquel chico de 17 años que fui. Es cuando, casi al amanecer, atravieso el solitario paral.lel al regresar de la villa olímpica después de haber intentado vender acuarelas de toros o de flamencas a los turistas que disfrutan de la noche de Barcelona en el casino, las discotecas o los lujosos restaurantes rozando al mar.
Recuerdo aquellos años, cuando yo y algunos amigos del barrio remoloneábamos alrededor del teatro Apolo, el Molino, Ambos Mundos, el Arnau y salas de espectáculos similares, esperando ser contratados como ‘claca’ para algún teatro, y así poder entrar gratuitamente.
Éramos poco mas que chiquillos los que, muy ufanos, siguiendo al hombre que nos había contratado, pasábamos al interior del local ante la absoluta indiferencia del portero que ignoraba olímpicamente nuestra escandalosa minoría de edad. Aplaudíamos y reíamos cuando se nos mandaba. Insultábamos al solitario artista cuando irrumpía en el escenario, para provocarle las primeras intervenciones, aspavientos y respuestas, casi siempre las mismas, ingeniosas, casi idénticas, pero bordadas de una forma magistral.
Era entonces cuando el artista comenzaba un cruce dialéctico con el publico plagado de obscenidades por ambas partes, provocaciones, burlas, proposiciones eróticas inverosímiles, … genialidad tras genialidad del artista.
Era entonces, cuando nosotros, pobres mocosos de barrio, ya no teníamos que decir y podíamos disfrutar gozosamente del espectáculo.
Hoy subiendo a la montaña de Montjüic me he sentado en el escalón donde hace ya muchos años me senté con Lali. Una chica de veintitantos años que trabajaba de corista en el teatro Apolo, donde para para mi, ella era la reina del escenario. Nos habíamos empezado a encariñar, pero era un romance imposible. Un atardecer cuando al regresar de un paseo por el parque de Montjüic, mientras yo la acompañaba a su trabajo en el teatro nos sentamos a fumar un cigarrillo en este mismo escalón. A pesar de que sin el maquillaje para actuar parecía una jovencita, en un instante, algo en su expresión la convirtió en una mujer muy adulta:
-“Miguel, este momento que vives ahora, y que a tu edad es muy bonito, acabará, porque yo tengo otro mundo y te quiero decir que tú, lo vas a pasar muy mal, no por mi, sino por la vida.”
-“¿Por que me dices eso?” le pregunté sorprendido con toda la simpleza de mis 17 años
-“Porque tu siempre dices que si, Miguel”.
-“Pero siempre hago lo que me sale de los cojones” pensé para mi.
Leyéndome el pensamiento ella sentenció:
-“Dices siempre que si, porque tu soberbia te hace ser muy confiado. Lo vas a pasar mal, Miguel, lo vas a pasar muy mal. Acuérdate de lo que te digo”.
¿Veían mi futuro sus ojos rodeados de la sombra profunda del atardecer?
Ahora ya que mas da. Porque aunque cumplida su profecía, me siento agradecido y confortado flotando entre las cenizas de los recuerdos de mis tesoros juveniles.
Tesoros que siempre conservaré en el fondo de mi alma; lugar donde, jamás al olvido le será permitida la entrada.

Miguel, 5:40 a.m.

DIAS NAVIDEÑOS

•Diciembre 10, 2009 • 11 comentarios

Cuando se vive con la constante aprensión de que cualquier noche puedes sufrir una agresión que te deje malherido o muerto, el aire que nos rodea se torna hostil. Los días que esa sensación se me hacía más insoportable lograba una inexplicable percepción de mí mismo: “Yo estoy en un lado del mundo y vosotros en el otro”; y conseguía crear un abismo entre mí y todos los demás. Necesitaba firmemente que la otra gente no existiese, que yo no reparara ni tan siquiera en presagiarles.
Ya había sufrido demasiado y debía desterrar de mí todos los brotes de dolor o de rencor que surgieran. Y algunas veces lo conseguía.
Pero aún así, en estos días navideños era tan fuerte la explosión de la gente que me era imposible lograrlo. Estos días de tregua a las animosidades y derroche de afectos y parabienes también los recibía el hombre que era yo, que despojado de todo y forzado por las circunstancias me había construído una personalidad de indigente.
Además de la largueza caritativa de muchas personas que te iban sacando de apuros, existía la otra parte; la que por un momento te permite no sentir un porvenir tan lúgubre; ya que en esos días, en las miradas desaparece el desprecio para aparecer una mueca de tolerante comprensión. Y los niños, al no ser apartados desabridamente por sus padres de nosostros los indigentes, como si sus inocentes ojos estuvieran contemplando la más monstruosa obscenidad; al no hacerles notar nuestra presencia, los niños nos miran con el mismo interés con el que mirarían un disfraz; nos miran con simpatía.
Pero la mirada de los niños es una de las mas dolorosas alambradas de espinos que puede cruzarse en el camino de un indigente.
Es la culminación cruel e inexorable de un proceso. Una condena sin veredicto.
Una condenación definitiva.

Títere

•Noviembre 19, 2009 • 2 comentarios

Yo ya no me reconocía.
Si por casualidad me veía reflejado en el cristal de un escaparate, siempre veía la imagen viva de un títere desencajado; un personaje absurdo y anacrónico que me observa con miedo, hostilidad y reproche. Y sus palabras, si las oyera, me manifestarían cada vez con una evidencia brutal el, aunque lento, doloroso alejamiento de mi propia alma.
Me espantaba de mi mismo. Aquellos años en la calle me estaban convirtiendo en una aborrecible marioneta movida por los hilos del alcohol y la memoria.
Hecho pedazos y con las fuerzas justas para poder valerme por mi mismo, seguía aferrandome a los recuerdos de mi pasado, que aunque me causaban un desasosiego permanente, era, aunque cada vez más frágil, el único hilo que me mantenía unido a lo que yo veía como pequeñas luciérnagas que a, lo largo de las noches, iluminaban, tambien al transcurrir de los años de forma cada vez mas tenue, quien era yo.
Pero de todas maneras no me aborrecía, tampoco me indultaba; pero, aunque siempre afligido asumía mi pasado y todo el rosario de errores que me habían arrojado a la calle.
Luchaba para que la mala bestia de mi resentimiento jamás consiguiése apoderarse de mi.
Eso era lo unico, que si alguna vez conseguía salir de la calle, podría salvarme.
Y a pesar de mal morir las 24 horas del dia, en ese guiñapo que me observaba en el reflejo de cualquier escaparate con miedo, hostilidad y reproche, yo, esperanzado, seguía viendo que pasaban los años y que en el fondo de su mirada no había ni la mas mínima sombra del rencor.

Acuarela (40 x 27,5 cm) para G. Kokoschka

•Octubre 26, 2009 • 5 comentarios

Cielo Web

¿Tiene este cielo matices?

Indigentes

•Septiembre 7, 2009 • 6 comentarios

Desarraigados 3 WEB

El sólo hecho de sostener nuestro maltrecho cuerpo en pie ya se convierte en un acto de heroismo. Si añadimos la carga de dolor que arrastramos por la pérdida de todo lo que representaba nuestra vida antes de caer en la calle; sin mas compañia que el alcohol que nos va aniquilando y desquiciando; la lucha permanente por desterrar de nuestra alma el resentimiento y los sentimientos de culpa que nos corroen permanentemente. Intentando apartar de nuestra mente los propósitos mas nefastos que solamente nos acarrearían mas indignidad o la propia muerte; con alguna tregua en hospitales o centros de rehabilitación que unicamente sirven para que podamos seguir manteniendonos en pie y renovar y prolongar nuestra agonía; muchas veces uno llega a convencerse que es un condenado que caminara hacía la muerte bajo el peso de una maldición divina.

Los avivadores del rencor

•Junio 11, 2009 • 8 comentarios

Los-avivadores

Ya hace tiempo que he dejado de compadecerme por las miles de humillaciones que han querido inflingirme y que he ido almacenando en el fondo de mis bodegas de desgracia. Pero jamás llegaré a comprender a esas personas que al solicitarles una limosna nos ignoran absolutamente. Ni una negativa verbal, ni un gesto disuasorio, ni una mirada. Nada.

Para ellos somos más inexistentes que el estiércol; porque al menos al percibir el hedor, les haría aunque fuese por un instante, alterar sus inhumanas facciones. Nos niegan lo único que nos queda, y que es el reconocimiento de nuestra propia existencia. Si a esos seres les cayese al suelo -como el estiércol- sus infames máscaras de rostros humanos, mostrarían en toda su descarnada evidencia su crueldad y la falta absoluta de generosidad.
Esos seres, con su insultante indiferencia, sólo sirven para recordarnos constantemente que muchos de nosotros estamos ya olvidados antes de morir.

Que nuestra suerte no ha sido siempre la mejor ya lo sabemos; pero a pesar de la situación lamentable en la que nos encontramos, no lamentamos las diferentes veces que hemos gastado para los demás lo que ahora nos sería tan necesario. En cambio, esas personas a las que la vida ha favorecido, le muestran ingratitud.

Pero olvidemos y perdonemos a estos seres ingratos, en obsequio de los hombres de bien que se complacen en aliviar y proteger a los afligidos y a los más desamparados.

La calle es infinita…

•Junio 3, 2009 • 1 comentario

Teresa

•Mayo 11, 2009 • 9 comentarios

Teresa WEB

De los momentos amargos que he pasado estos 15 años en la calle, los peores sin duda han sido escuchar las confesiones de las mujeres indigentes.
Conocí a Teresa en la Plaça de Berenguer el Gran; donde debajo de las arcadas de los laterales de la catedral de Barcelona, yo pasaba algunas noches cuando el frio en los bosques de Collserola se me hacía insoportable.
La historia de Teresa no era muy diferente; pero, era la serenidad ante la vida con una sola finalidad, lo que me fascinaba de ella. Culta y muy inteligente se había casado con un hombre de excelentes cualidades que la amaba apasionadamente. Pero un dia se cruzó en su vida otro hombre; un vividor, que a pesar de su falta de dignidad -o tal vez por eso- la deslumbró. Y aunque se dió cuenta inmediatamente de que aquel hombre era de lo mas vulgar e incompetente en todos los aspectos, al intentar volver con su esposo, éste se mostró inflexible. “Miguel -me dijo una noche- jamás he suplicado, porque no sirve de nada, pero le pedí perdón; y cuando me miró supe que nunca volvería a ver aquella mirada de cariño, que yo llegué a creer que sería eterna. Sentí que yo para el ya no existía. Me rendí”.
Era consciente constantemente de la miseria de su vida.
La habían arrancado de sus dos hijas privándole de sus besos y las caricias maternales. Los remordimientos por haber tenido que abandonar a sus hijas la consumían permanentemente. Y vivir así, tan duramente, habiendo dejado tras de sí tan viva estela de dolor y soportando el peor castigo al que se nos puede condenar a los indigentes, que es la lucidez; pocas mujeres -por su condición de madres- pueden lograrlo.
Quería, necesitaba angustiosamente recuperar a sus hijas. Odiaba al alcohol, pero -como todos- al intentar dejarlo había fracasado miles de veces. Creía, que era tan desesperado su deseo de volver a besar y abrazar a sus hijas, que por esta razón, tendría fuerzas suficientes para dejar el alcohol.
Ya recostados en nuestros respectivos cartones, a esa hora de la noche en que el tráfico ya va disminuyendo y los escasos y furtivos transeúntes son la última presencia humana, antes de dormirse, con sus ojos secos de lágrimas como estanques helados, me juró mil veces que a la mañana siguiente iba definitivamente a dejar de beber para recuperar el amor de sus hijas.
¿Iba yo a decirle -que lo había intentado mil veces- que jamás los sentimientos someterán al alcohol, ya que éste es el absoluto dueño y señor de transformarnos los sentimientos?
Si eso, ella hacía años que ya lo sabía.
Yo, hacía horas que estaba despierto y la contemplaba dormir. En su rostro desollado tenía la expresión de las personas que sufren hasta cuando están dormidas. Se había quedado dormida repitiendo como una letanía: “Por mis hijas mañana dejo de beber…por mis hijas mañana dejo de beber…”
Pero a la mañana siguiente, cuando la despertó el sonido de las campanas de la catedral lo primero que vieron sus ojos fué la botella de vino. Y quise creer que con el leve movimiento de sus hombros y una rígida sonrisa que asemejaba una cicatriz, se disculpaba y al mismo tiempo me suplicaba comprensión.
Porque ella sabía, que en sus ojos, yo veía pasar evidentes como alaridos, las imagenes de su tragedia: Que ella era consciente de que desde que se rompió su vida habían transcurrido veinte años.

Harto ya…

•Abril 2, 2009 • 9 comentarios

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Harto ya de ser un guiñapo sospechoso en el escaparate de los cajeros, expuesto todas las noches a la maldad de los insensatos, soportando las amenazas y las burlas crueles de los muchachos que los fines de semana entraban a sacar dinero o bien a  hacerse rayas de cocaína; tener que suplicar con una mirada implorante -nunca exagerada o fingida sino fruto de mi desesperación- para conseguir unas monedas para comprar el vino que sin ningún tipo de escapatoria posible me urgia permanentemente; expulsado, con mayor o menor consideración, por los guardias de seguridad del banco, bien fuese por la noche o a cualquier hora de la madrugada, diluviase o hiciese un frio de mil demonios, y tener que empezar a deambular en soledad con pasos vacilantes por las calles en busca de cualquier refugio incierto hasta el amanacer. Entonces, me oprimía la sensación de hallarme en un campo de combate perpetuo. Esas noches me invadía un sentimiento de rabia y desaliento por los  años desperdiciados y la falta de severidad conmigo mismo; me autoflagelaba con el látigo de los recuerdos felices y al mismo tiempo maldiciendo cómo mi estúpida soberbia y el exceso de confianza en mi mismo me habían destrozado la vida.

Una noche, unos muchachos visiblemente enloquecidos -por todo lo que se habrían metido en el cuerpo- empezaron a golpear violentamente los cristales del cajero. Atemorizado por su actitud violenta y escandalosa me negué a abrirles el cerrojo. Entonces empezaron a golpear la puerta del banco con botellas y patadas gritando furiosamente y haciéndome gestos amenazantes. Al ver que uno de ellos empezaba a golpear los cristales con la cabeza ya no tuve ninguna duda del estado de descontrol en que se encontraban. En segundos tuve que decidir qué haría si de alguna forma conseguían romper los cristales y entrar. Yo llevaba en la bolsa dos cuchillos; pero una cosa es la hipotética seguridad que te da el llevarlos y otra – ésta gravísima, y que puede ya definitivamente arruinar tu vida- es utilizarlos. Decidí ignorarles. Me dí la vuelta sobre los cartones y fingí que seguía durmiendo. Al cabo de una media hora, viendo la imposibilidad de romper los cristales se marcharon amenazando que volverían para entrar fuese como fuese. Noté que mi garganta palpitaba y que toda mi red nerviosa estaba a  punto de traspasar los límites de lo soportable. Esperé unos minutos y no pudiendo soportar ya más la tensión que estaba a punto de aniquilarme, abrí la puerta y salí del banco con paso rápido. Vi que no me esperaban y me perdí el resto de la noche por las calles sollozando de rabia e impotencia, maldiciéndome por no ser capaz de dejar el maldito alcohol que me tenía prisionero en esa cárcel infinita que es la calle.

Estos y los casi cotidianos sobresaltos me hicieron decidirme a irme en tren cada noche detrás de la montaña del Tibidabo, por el parque de Collserola, y buscarme un refugio donde pasar la noche.

Pero de todas formas seguía sin ver ninguna salida para todos esos años de mi vida en tinieblas, dolor y miseria, atrapado en la red siniestra del alcohol, y convertido en un desahuciado, mendigando y esperando la muerte.

Pero, en mi refugio de la montaña, al atardecer, cuando empezaba a atenuarse el canto de los pájaros, y lentamente, un silencio hostil y amedrentador se iba apoderando del bosque; ese instante era la señal que venía a recordarme  que ya llegaba otra noche.

Los desarraigados

•Marzo 4, 2009 • 8 comentarios

los-desarraigados

Y así, los que no tenemos capacidad de adaptarnos y sabedores, porque así lo sentimos, de que jamás lo lograremos, caminamos lentamente  a ratos indiferentes, otras veces súbitamente jubilososo e iluminados, hacia la muerte de los últimos lazos de calor humano.

Desertores de los otros -a veces huyendo dolorosamente de amores o situaciones imposibles- acarreamos los ecos de sus reproches para esparcirlos junto a las cenizas de lo que fué nuestra última propia parodia.

Para continuar nuestro camino brillando como fuegos fatuos errantes sin tumba, negándonos desesperadamente a aceptar la mas terrible de todas las claudicaciones: La resignación